17
octubre

Dos ejemplos, una conclusión

Mendigo

Foto: Enka Tripiana

Primer ejemplo: hay un tipo de unos treinta años hablando en un balcón. Es un primer piso de una casa a tiro de piedra de Derecho. Sólo lleva puestos unos vaqueros, tiene el pelo largo, barba de varios días y está muy delgado. A su lado hay un montón de papeles a los que hace un momento ha prendido fuego y el humo y el olor llaman aún más si cabe la atención de los transeúntes.

Su discurso es deslavazado, se nota que está ebrio y él mismo lo admite sin ambages. Echa pestes de los políticos, los banqueros, el sistema, el mundo y su podredumbre. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que está harto, desesperado, que necesita desahogarse porque algo ha hecho click en su interior. Cita a Nietzsche, no recuerdo qué cosa en particular.  Se le nota culto, instruido, no sólo por la cita, también por su forma de expresarse en general, sin vociferios ni insultos. 

Uno de los que pasa por debajo del balcón oculta a duras penas la risa que le produce el supuesto espectáculo. Tiene más o menos la misma edad que el que está arriba, lleva el pelo engominado y un polo en el que se dibuja un caballo que es casi de tamaño natural. Está hablando por el móvil con un amigo (que, no sé por qué, imagino usando también fijador) y le comenta, jocoso, que acaba de ver a un chalado asomado a un balcón y contando pamplinas sobre Nietzsche. El invisible interlocutor le replica algo que debe ser tronchante porque el del caballo gigantesco se parte. Repite una y otra vez: “Que sí, que sí, a Nietzsche…”

Hay tantos pobres que ya no reparamos en ellos

Las reacciones mentales, ya se sabe, son muchas veces instintivas. Al contemplar la escena me da por pensar que el tipo del balcón sí que ha leído al filósofo, y es posible que en profundidad, mientras que el del móvil seguramente sólo se acuerda de que lo estudió de pasada en el instituto, hace ya muchos años. Pero se cachondea al ver que lo ha sacado a colación un desgraciado medio en bolas que farfulla incoherencias junto a unos papeles quemados. Más o menos así es como se lo está describiendo al amigo al que tiene al otro lado de la línea telefónica.

Segundo ejemplo: en la Plaza de Santo Domingo hay un indigente tirado en un banco. Nada nuevo bajo el sol, cada vez hay más aquí y allá. Tantos que ya casi nunca reparamos en ellos. Es difícil calcular su edad, pero debe haber superado la cuarentena. Está sucio y su ropa huele mal. A su lado hay unos papeles, un boli y un cartón de tinto barato. Dos jovencitos con chaqueta y corbata pasan a su lado y uno, al ver el panorama, le dice al otro: “Mira, otro que trabaja en un banco”. Y claro, los dos estallan en risotadas porque el chiste ha sido genial.

No creo que esos dos sean bancarios (que no es lo mismo que banqueros, ni muchísimo menos) porque de serlo no se atreverían a ser tan groseros, tan gratuitamente irrespetuosos. Un bancario echa en la oficina más horas que un reloj y a cambio se lleva un sueldo que es digno pero tampoco para dar saltos de alegría. No, esos dos deben estar más arriba, seguro que han escalado mucho más, socialmente hablando. Por supuesto no se paran a pensar ni por un instante que ellos podrían verse así un día, como el del polo del primer ejemplo tampoco se plantea ni en sus momentos más sombríos (caso de tenerlos, lo cual se antoja difícil a la vista de su jovialidad) que pueda estar en la situación del majarón que regala a los transeúntes filosofía barata y, lo que es peor, prestada. A lo mejor sí han aprendido ya que la vida es cuestión de suerte, pero tienen clarísimo que la suya es buena, que lo seguirá siendo. 

Conclusión: hace no mucho estuve apuntado a un gimnasio y, torpemente, aprendí algunos rudimentos del boxeo. Cosas como éstas me hacen recordar lo elegante (a la par que efectivo) que puede llegar a ser un buen directo a la mandíbula.

Comentarios en este artículo

  1. Estoy contigo, hermano, un buen crochet y acabamos con tanta tontería.

    y lo q relatas, viene de lejos ya…

    http://www.bcn.cat/museupicasso/es/coleccion/mpb4-272.html

    jesus mescua
  2. El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo. Nietzsche…”
    Pero es hora de no estar solo, de estar en la calle y de que el miedo cambie de bando.

    Ernesto Noguerol

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