02
noviembre

Patria querida, sea cual sea

¿Y tú de dónde eres, amigo?

Fotografía de Imanol Zubero.

No sé si fue Unamuno o Pío Baroja y no tengo ganas de comprobarlo, pero uno de los dos dejó escrito que el nacionalismo es una enfermedad que se quita viajando, o algo parecido. Al que sea de los dos tiendo a darle la razón. Sin llegar al exceso punk y su lema “un patriota, un idiota”, reconozco que no siento excesivo fervor hacia ninguna bandera. Supongo que estoy tan orgulloso de ser español como un suizo de ser suizo.

El otro día estuve hablando un largo rato sobre nacionalismo (tinto va, tinto viene, que es como mejor se reflexiona) con mi amigo Igor, que nació en San Sebastián, vivió algunos años en Zaragoza y ahora lleva trece o catorce residiendo en Amsterdam. Y confiesa que ante una eventual independencia de Euskadi (o el País Vasco, o las provincias vascongadas, que yo por eso no voy a discutir ni un segundo) no sabría muy bien qué hacer. Se pregunta, no sin razón, si le correspondería un pasaporte vasco, o si le convendría solicitarlo en caso de que se repartieran.  Fue de los pocos valientes que se leyeron el Plan Ibarretxe y ni siquiera así le quedó más claro qué era eso de ser vasco. Más bien todo lo contrario.

Hombre, si partimos de que en esa tierra hay un dicho que asegura que los vascos nacen donde les sale de los cojones, todos tendríamos derecho a ese pasaporte. Pero si se el proceso fuera más selectivo, la pregunta sería bastante lógica. ¿Es vasco el que nació allí pero ahora, por lo que sea, vive fuera? ¿Lo es el que vio la luz en Cuenca, Bastia, Malabo o Tegucigalpa pero desde hace años trabaja, cotiza y está integrado a todos los efectos en ese territorio? Y en caso de ser excluidos por haber nacido en otro lado, ¿les darían nacionalidad vasca si tuvieran un niño allí, por entender que eso implica que tienen ganas de quedarse, de echar raíces? 

Pongamos que volviéramos a la época de los cantones y se reclamara la independencia de Granada

Pongamos que esa fiebre se extendiera hasta el punto de que afectara no ya sólo al resto de las comunidades autónomas, sino, yendo un poco más allá, a cada una de las provincias. Que volviéramos a la época de los cantones y se reclamara una independencia para Granada, Sevilla o Córdoba. ¿Podríamos considerarnos de aquí, o nos permitirían serlo, los que, habiendo nacido en otro lugar, vivimos en esta tierra desde hace años? ¿Dejarían automáticamente de ser granadinos los que viven en Pontevedra o Ciudad Real? Mi prima Coral nació en Algeciras pero lleva más de treinta años en Sevilla y sus hijos son de allí. Y su marido, sielos, es granadino de origen pero también reside en la capital hispalense. ¿De dónde son todos, quién me explica este galimatías?

Definitivamente, esto de crear países es lioso. A mucha gente se le llena la boca hablando de que su nación, oprimida y tal, debería ser independiente, pero no se da cuenta de las dificultades que ello acarrea: pasaportes, fronteras, aduanas, yo estoy en la Unión Europea y tú no…, barreras, en definitiva. Ya, ya sé que no es cuestión de ponerse en plan John Lennon (insisto en una expresión anterior: líbrenme los dioses) e inducir a nadie a imaginar que no existen los países, pero entre el jipismo trasnochado y la barra libre demagógica a la que muchos inconscientes se quieren apuntar hay una infinita gama de grises. 

 

Comentarios en este artículo

  1. ¡Fue Baroja! La frase completa era “El carlismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando”, y la lanzó contra el nacionalismo vasco, precisamente.

    Luis Arronte

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