07
noviembre

Dos malos momentos

Ernest Descals

Obra del pintor Ernest Descals.

Acabas de llegar al bar donde has quedado con unos amigos y, nada más entrar, recuerdas que ese sitio en realidad no te gusta nada y te lamentas de que fueras precisamente tú el que lo propusiera como lugar de encuentro.

Te resignas, vas a la barra y pides un tinto que resulta no estar nada bueno pero que para compensar es caro. De tapa te sirven un trozo de pan tostado sobre el que reposa un fiambre que no logras identificar, literalmente bañado en una salsa de aceite y queso fundido. Una de esas cosas que te hacen agotar el servilletero de lo pringosas que están.

A esas alturas tus amigos ya deberían haber llegado, pero por algún motivo se retrasan. Te acomodas como buenamente puedes en la barra y te dedicas a esperar mientras a tu lado, metiéndote el codo en las costillas, una chica se empeña en contarle a su amiga a grito limpio algo que les parece graciosísimo, porque las dos ríen a mandíbula batiente. El bar entero se llena de ruidos y mientras tanto ahí estás tú, con tu tinto rancio, maldiciendo entre dientes y empezando a recordar los muchos defectos que tienen esos amigos a los que esperas. Porque es matemático: cuanto más se retrasa la persona con la que has quedado, peor te cae. Si llega con media hora de retraso, directamente es un ser indeseable.

Pasa un cuarto de hora, el vino rancio se te ha acabado, esos tipejos no llegan y te planteas si pedirte otro o largarte a otro sitio y que les den. Mientras estás en esa disyuntiva, el encargado de la música va y pone el Brothers in arms de los Dire Straits.

Vas con el coche por una carretera de dos carriles. Ocupas el de la izquierda y de repente te ves forzado a parar porque se ha formado un atasco. Un poco más allá hay una rotonda y debe ser que ha habido una colisión o algo.

En un momento dado te da por mirar por el retrovisor y descubres, anonadado, que por tu carril se acerca a toda velocidad un coche. Va tan rápido que es evidente que no le va a dar tiempo a frenar, el golpe es inevitable. Por un instante te preguntas qué narices le pasa al conductor, por qué no es capaz de ver que todo el mundo está parado. A partir de ahí surge el instinto: pones el freno de mano, pisas a fondo el de pie, clavas las manos en el volante para que se mantenga firme y apoyas la chorla en el reposacabezas. Cuando el golpetazo ya es cuestión de décimas de segundo, te acuerdas de tu mujer y tu hija. Curiosamente no te encomiendas a ninguna divinidad, lo que probablemente viene a demostrar que de fe andas escaso. Finalmente el coche impacta y tienes la sensación de que el aliento te sabe a hierro. Curioso.

En los dos casos hubo finales felices. Los amigos finalmente llegaron al bar, del que salimos en cuanto fue posible (es decir, doce segundos después de los abrazos de recibimiento) y la noche acabó bien. La parte trasera del coche sufrió ciertos daños pero el conductor no, ni tampoco la pareja que iba en el coche de detrás, que se deshizo en excusas y accedió sin ningún problema a dar sus papeles y a hacerse cargo de todo. El seguro pagó y el coche, en realidad, quedó mejor de lo que estaba.

Dirán ustedes que el segundo momento es mucho peor que el primero, sin comparación. No estén tan seguros. ¿Han probado a escuchar entero el Brothers in arms? Si no lo han hecho, absténganse. Puede producir daños cerebrales irreparables. 

 

Comentarios en este artículo

  1. […] (casi parece un cortometraje) en el blog ‘Horas Contadas’. Todo arranca en dos escenarios, una espera infinita en un bar y un accidente de coche inevitable… No recomendable para fans de Dire […]

    Granada despierta con nuevo mapa de autobuses Zona Norte | Granada despierta

¡Danos tu opinión!

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *