21
diciembre

La Cosa

Paso por delante de una farmacia y veo un cartel que dice: “Se ruega no hablar de la Cosa”. Mi primera reflexión es para descartar que lo haya puesto un amante de los cómics de la Marvel y/o del humor absurdo. La segunda me sirve para averiguar que tiene que referirse forzosamente a la crisis, que allí ya están hartos de que los clientes pregunten “cómo está la cosa”, de que se comenten entre ellos que “la cosa está mala” mientras menean lentamente la cabeza de lado a lado, de que empleen un diminutivo entre despectivo y guasón y prefieran referirse a “la cosita”.

La crisis ya no es la crisis, es la Cosa. Porque la otra es una palabra tan horrible que mejor no pronunciarla, como tampoco se habla abiertamente del cáncer y se recurre a eufemismos como “larga enfermedad”. Y la Cosa está tan mala que mejor no hablar de ella, aunque eso no sirva de nada. Es como ocultar la mugre debajo de la alfombra, que no la ves pero sabes que está ahí. Es como esquivar conversaciones sobre la muerte, que te haces la idea de que así no va a llegarte, aunque tengas clarísimo que sí.

A veces me pregunto si la crisis (disculpen: la Cosa) habrá tenido algún efecto positivo y me respondo que quizás sí. Puede que le haya bajado los humos a más de un representante de esa casta que se había creado en los tiempos de las vacas (no tan) gordas, la del nuevo rico con el dinero de otros. En Granada, sin ir más lejos, hubo quienes se vinieron tan arriba, pero tan arriba, que propusieron gastarse una millonada en un espacio para ver óperas y cosas así, como si eso fuera una prioridad absoluta. De eso no queda ya más que el solar y el recuerdo, menos mal. Eso y una maqueta que hizo un arquitecto japonés cuyo nombre seguro que encontrarán en internet. Yo es que ando escaso de memoria y tampoco tengo ganas de buscar. Supongo que a ese señor se le pagaría un buen dinero por ganar el concurso de ideas y se podría considerar a todos los efectos que es una pasta despilfarrada, pero no nos lamentemos demasiado: podría haber sido peor.

La Cosa, o el sentido común que por fin empieza a aflorar ahora que la tenemos sobre nuestras cabezas, no llegó a tiempo para que sucediera lo mismo con otros proyectos más costosos aún y de cuya verdadera utilidad es, entiendo, dudosa. Francamente, no tengo nada claro que el AVE sea algo imprescindible, ni tampoco el Metro, al menos tal y como fue diseñado. Por supuesto, todo lo que se pueda gastar en la Universiada de invierno (que como todo el mundo sabe es un evento de auténtica altura, por el que las mejores cadenas de televisión se pegan guantazos para adquirir los derechos de retransmisión) se debería emplear para mejores fines. Y así sucesivamente. De hecho, si los dos principales partidos no estuvieran tan ocupados en tirarse mutuamente jarrones a la cabeza, lo suyo sería que se sentaran y valoraran qué inversiones son las realmente imprescindibles, y que acordaran decir luego en público que las otras se desechan o se posponen hasta nuevo aviso, sin importarles quién financia qué.

Mi apuesta sería la siguiente: darle fuerte-fuerte-fuerte a la Autovía del Mediterráneo, que eso sí que es importante para la ciudadanía en general. Terminar AVE y Metro porque, aunque luego igual nos lamentamos, ya que están empantanados no es plan de dejarlos a medio hacer. Por lo mismo, acabar el hospital del PTS y, si no cuesta mucho, hasta el Centro Lorca, del que no confío en absoluto que vaya a ser un imán para el turismo pero tampoco conviene que se quede paralizado por los siglos de los siglos, como un monumento (más) a la estupidez humana.  El qué dirán también nos debería importar.

Y a partir de ahí, lo que buenamente se pueda. Y lo que no, pues se deja pendiente hasta que la Cosa amaine.

¿Es esto un deseo navideño? Puede, aunque a mí las Navidades no es que me vuelvan loco. Lo cual no quita para que se las desee muy felices a todos. Nos vemos en 2013, espero.

PD: Felicidades también a Granadaimedia por su premio cibernético. Es gente que se lo merece, y esto no es un cumplido.

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