12
marzo

Los plantes

Ya estarán al tanto de lo de Ana Mato, Nueva York y los periodistas, pero por si hay alguien con memoria de pez, como es mi caso, resumo: la ministra de Sanidad estaba en la Gran Manzana para no sé muy bien qué cosa y anunció que tendría un encuentro con los informadores pero en el que sólo hablaría ella. Tuvo que recular porque los chicos de la prensa dijeron que si no había posibilidad de preguntar, pasaban del asunto.

Bien hecho, no creo que en eso haya discusiones. Si acaso algún matiz, o por lo menos yo se lo saco desde la distancia: me da la impresión de que casi todos esos periodistas eran corresponsales españoles en el extranjero. Quiero decir que después de ese episodio, si finalmente la hubieran dejado tirada, habrían ido a sus despachos y allí no habrían tenido al jefe preguntándoles por qué le habían hecho ese desplante a la ministra y tal y cual. La bronca, en todo caso, se la habrían llevado por teléfono. Que no es lo mismo.

¡Ah, los plantes! Luego hubo más, pero recuerdo como si fuera ayer el primero en el que me vi involucrado. Trabajaba en Málaga y esperábamos a un señor que por entonces era secretario de Estado de Economía y que debía llegar desde Antequera acompañado por Paulino Plata, en aquellos tiempos alcalde de esa ciudad y valor en alza dentro del socialismo andaluz.

La rueda de prensa era a las ocho de la tarde y media hora después no había allí ni rastro de los políticos. A través de una llamada nos enteramos de que todavía se encontraban en Antequera, que Plata estaba ejerciendo de anfitrión perfecto (interpreten esto como quieran; yo lo relacioné con una ronda y otra de bebidas espirituosas, aunque igual son cosas mías) y que, eso sí, estaban a punto de salir.

Tras recibir la noticia, los allí congregados hicimos cuentas mentales y llegamos a la conclusión de que, en el mejor de los casos, las personas que nos habían convocado allí (y esto es fundamental: nos habían convocado, eran ellos los que supuestamente tenían algo que decirnos) no llegarían hasta pasadas las nueve. O sea, que nos iban a hacer perder por lo menos una hora de nuestro tiempo, fuera éste valioso o no.

No tardamos mucho en adoptar la decisión: nos íbamos. Cierto es que, de los quince periodistas que estábamos allí, tres optaron por no secundar el plante con la endeble excusa de que ya tenían “el tema vendido”. Como si los demás no, vamos. Se quedaron, Plata y su invitado de lujo aparecieron bastante después de las nueve y, al ver el panorama, optaron por no dar la rueda de prensa. Luego, su jefe de prensa llamó a las redacciones excusándose y citándonos en un céntrico hotel ¡¡a las diez de la noche!!, oferta que al menos en mi periódico rechazamos porque nos pareció el colmo del cachondeo.

Hasta ahí, la anécdota. Ahora suelto el bastón de viejo gacetillero y pregunto: ¿qué posibilidades hay de que si esto se produce de nuevo este viernes vuelva a haber un plante masivo? ¿Serían sólo tres los periodistas que alegaran que tenían el tema vendido o serían más? ¿Habría doce profesionales con narices para largarse? ¿Y, de suceder eso, qué ambiente habrían encontrado en sus redacciones al llegar: solidario o más bien hostil?

Cierto, los tiempos han cambiado. Por un lado, ahora los medios dependen más de las subvenciones  (oficiales o no) y la consecuencia es que los políticos tienen todavía más la sensación, o más bien la certeza, de que en esa relación son ellos los que cortan el bacalao. Pero por otro, es indudable que ahora hay más miedo. Y esto me parece muchísimo peor porque el tener o no miedo es algo que depende de nosotros.

Estamos mal pagados y peor valorados. En esas encuestas de opinión que se hacen cada dos por tres se pone de manifiesto que el periodismo es una de las profesiones más denostadas. Tenemos que vivir con ello, como también con la sensación nauseabunda que nos provoca muy a menudo el saber que estamos tragando con lo que no nos gusta, con el convencimiento de que bajamos día a día el listón de nuestra dignidad.

Pero si la perdemos del todo, ¿no estaremos todavía peor considerados? ¿Creemos acaso que esa docilidad y ese borreguismo que cada vez nos caracterizan más son cosas que a los demás les pasan desapercibidos? ¿Pensamos acaso que el miedo nos va a salvar de algo? Pues si alguien piensa que sí, que se desengañe cuanto antes. Porque el miedo no conduce a nada, salvo a amargarte la vida. Y aquí estamos para lo contrario, para disfrutarla. Estoy convencido, porque lo he experimentado, de que uno se siente muchísimo mejor si llega a la redacción y dice, triunfante y retador: “Le he hecho un plante a fulano”, que si aparece hecho un basilisco y confesando que fulano le ha hecho esperar una hora. Lo más triste de todo es que añadirá que fulano es un cabrón y simulará que está muy cabreado con él. Es mentira: está cabreado consigo mismo, probablemente porque es consciente de que ha cruzado la última frontera.

Comentarios en este artículo

  1. […] periodista Guillermo Ortega hace en su blog (Las Horas Contadas) una reflexión sobre las ruedas de prensa sin preguntas, animando a dejar de dar cobertura a los que…, y rompiendo una lanza por los que se atreven a dar plantón al político de turno que no acepta […]

    Granada despierta repasando la historia de Santa Bárbara y con cantón en el Zaidín | Granada despierta
  2. De una rotunda lucidez, como siempre. Estoy de acuerdo en todo, pero especialmente en que el miedo, pese a ser un mecanismo de defensa hasta cierto punto comprensible, sólo nos conduce a una creciente angustia y a una abierta vulnerabilidad. Una de las claves para superar tiempos difíciles como estos también aparece en tu artículo: la unión entre compañeros, el ir todos a una para conservar nuestra dignidad, la solidaridad… la humanidad aplicada también en nuestro ámbito profesional.
    En fin, compañero, un saludo de esta Leo que te lee. ¡Gracias por ofrecerme material interesante!

    Kpicúa

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