18
abril

Un encuentro casual (o Hablando de fachas)

Escrache

Ilustración de @MoxParadox vía Huffington Post.

Descrito de la cabeza a los pies, el tipo era así:

– Pelo cuidadosamente peinado con raya bien marcada a la izquierda.

– Camisa de vestir, de buena marca y de color celeste, que va por fuera de los…

– …pantalones, en realidad unas bermudas por encima de las rodillas, de color rojo-rojo (las bermudas, no las rodillas).

– Zapatos náuticos.

Vamos, pa comérselo.

Y claro; yo, nada más verlo, me pregunté: “¿Y este tipo tiene el mismo derecho a vivir que yo”?

¿Que cuál era mi atuendo? Pues, advirtiendo en mi descargo que venía del gimnasio y siguiendo el mismo orden, el siguiente:

– Pelo despeinado, lo cual en mí es costumbre.

– Camiseta verde con un estampado donde se ve un pimiento del mismo color dentro de un rombo negro, rojo y amarillo. Es publicidad de un muy recomendable bar de tapas de Sevilla que se llama, por si no lo han adivinado aún, El Pimiento. No me patrocina, le hago publicidad por la cara.

– Encima de esa camiseta, una chaqueta de chándal negra con tres franjas en cada brazo. Una es roja, otra amarilla y la tercera verde. Son los colores de la bandera de Etiopía, con la que se identifican los seguidores del movimiento rastafari y, en un plano estrictamente musical, los amantes del reggae.

– Pantalón de chándal de color azul.

– Zapatillas de deporte. De boxeo, para ser más concretos.

En fin, un look farlopero que tira de espaldas.

Con lo cual concluí que probablemente el periquito de las bermudas era muy capaz de estar pensando sobre mí exactamente lo mismo que yo sobre él.

¿Cuál es la moraleja de todo esto? Pues que todos, y digo todos, podemos ser fachas en un momento dado. Puede tratarse de un simple rapto, de una especie de enajenación mental transitoria, pero así es. Y cuando digo facha, aclaro que para mí ése es un término bastante más amplio del que algunos se limitan a darle. Se supone que facha deriva de fascista y por eso hay quien la asocia únicamente a simpatizante o militante de la extrema derecha. Pero conozco un montón de fachas de izquierdas. Facha es el irrespetuoso, el que piensa que su criterio es el único válido y, no contento con eso, que ya de por sí es grave, tiende a imponerlo.

Ahora se habla de fachas (o de nazis, o de fascistas, o de filoetarras, que de todo ha habido) a cuenta de las concentraciones delante de domicilios, centros de trabajo o hasta lugares de esparcimiento de los políticos, especialmente los del partido que gobierna en España. Algunos le llaman escraches. Otros entienden que es un acoso en toda regla.

Hablando de un fulano de una de sus obras, decía Shakespeare (yo es que si no cito a los clásicos me siento como desnudo) que fue ecuánime hasta con el diablo. Resulta complicado, pero al menos hay que intentarlo.

Por partes: es evidente que el acosado (¿existe escracheado? No lo tengo claro)  se siente ofendido, ve lo que le ocurre como algo intolerable, porque él/ella representa a la voluntad popular y hay foros de sobra para debatir si sus decisiones son o no acertadas. Está fuera de toda duda, y ahí pido a los escracheadores (buff, si me pilla uno de la RAE me mata) un poco de autocrítica, que admitan que su actividad genera lo que en el lenguaje bélico se llamaría daños colaterales. Por mucho que consideren que un político es un ser repugnante que merece el peor de los castigos, su vecino o los que comparten barra con él no tienen la culpa de que sea tan execrable. Y qué decir de cuando se hace el escrache en el sitio equivocado: tengo entendido que el otro día fueron a la casa de Concha de Santa Ana pero se equivocaron y acudieron en realidad a la de su señora madre, que no sé hasta qué punto tiene que pagar el pato por el hecho de que su hija sea diputada. Ni ella ni los que viven en el mismo bloque.

Dicho todo lo anterior, añado: el escrache, o como nos dé por llamarlo, ha podido nacer como consecuencia de los desahucios y la negativa del Gobierno a atender (o su renuencia a hacerlo totalmente) a una serie de demandas secundadas con las firmas de un amplísimo número de ciudadanos. Pero me da que su alcance va más allá, que este tipo de cosas habrían comenzado igualmente por cualquier otra cosa. Porque la gente, como oí el otro día a un hombre en la radio, “está ladrando pero si se la sigue estrujando puede empezar a morder”. Porque hay millones de personas desesperadas, y no estoy exagerando con lo de millones. Porque cada vez son (a lo mejor debería decir somos) los que no vemos ni presente ni futuro. Y cuando se llega a situación, empiezan a dar igual los daños colaterales. Primero hay frustración y rabia; luego odio, rencor y agresividad. Alguien dirá que nada de eso justifica la violencia y probablemente, en un mundo civilizado, tendrá razón. Pero no estoy justificando; sólo estoy explicando. Y me temo que cuanto más se prolongue esta situación, menos nos pareceremos a un mundo civilizado.

Comentarios en este artículo

  1. […] periodista Guillermo Ortega reflexiona hoy en su blog Horas Contadas sobre los escraches y la condición de fachas. Y se pregunta cómo acabara todo […]

    Granada despierta haciendo números con la Alhambra | Granada despierta

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