04
junio

Lo que hace una grúa…

grúa

Es lunes por la mañana y estoy en mi ciudad natal. La tarde anterior he visto en el campo cómo el equipo de mis amores asciende de categoría y no es que me acueste eufórico, porque el fútbol tampoco es como para eso, pero desde luego sí un poco más contento de lo que estaba.

Amanezco temprano, llevo a mi hija al colegio y luego aparco en un lugar donde, por la fuerza de la costumbre, no me he fijado en que había un disco que advertía de que ahora está prohibido hacerlo. Desayuno, recojo las cosas y me dispongo a subirme al coche para volver a Granada. Cuando llego al sitio, el coche no está. Por más que me fijo, no está. Es entonces, y sólo entonces, cuando caigo en la cuenta de que, ciertamente, hay unas obras justo al lado y es posible que molestara su presencia, de ahí que se lo llevaran.

Abordo a un policía local para confirmar mis sospechas. Me atiende mal y, para no cansar con explicaciones que no hacen al caso, resumiré diciendo que me arrepiento de mi comportamiento durante nuestra breve pero intensa charla. Si él no hace lo propio, me reafirmaré en mi impresión inicial de que es una mala persona.

A partir de ahí, todo el proceso mental se desarrolla con extraordinaria rapidez. Voy al cajero a sacar dinero para rescatar el vehículo del depósito y descubro que me acaban de cargar unos setenta euros del impuesto anual de circulación, o como se llame eso. Las poquísimas posibilidades que tenía de acabar el mes (el mío termina el día 10, por razones que luego se explicarán) con un ligero superávit se esfuman como por ensalmo.

Camino del depósito, el cerebro sigue a todo meter. La reacción del taxista, cuando le he indicado mi destino, ha sido decirme, en modo solidario, un: “Ya le han fastidiado el día, ¿no?”, y yo respondo que sí, aunque lo cierto es que la cosa va más allá, que me han echado por alto el mes entero. Porque ahora tendré que pagar 98,67 euros para llevarme el coche y otros 30 por la multa por mal estacionamiento.

En ese punto recuerdo que, cuando trabajaba, siempre podía disponer de un dinerillo para contingencias de ese tipo. Pero ahora resulta que estoy cobrando entre 400 y 500 euros menos que entonces, y en consecuencia ese colchón ha desaparecido. Ahora, en cuanto surge algo inesperado, me veo en un apuro serio.

La reflexión no termina ahí, naturalmente. Porque entonces me da por pensar que es una auténtica injusticia que esté cobrando menos dinero del que me corresponde. Según una sentencia firme, a mí y a otros catorce compañeros deberían habernos readmitido, pagado los salarios de los meses transcurridos desde que nos echaron (y eso quiere decir desde el pasado octubre, incluyendo pagas extras) y seguir abonando nuestros emolumentos aunque no estuviéramos físicamente entre las cuatro paredes del periódico en el que estábamos. Cosa que ni ellos ni nosotros (desde luego yo no) deseamos que vuelva a ocurrir.

Pero resulta que no, que en vez de pagarnos ellos lo está haciendo, cada día 10, el Servicio Andaluz de Empleo, lo que quiere decir todos los españoles. Y resulta también que pedir que esa incongruencia se corrija es demagogia, según los abogados de la empresa que nos echó.

Que nos echó a nosotros porque, según parece, necesitaba soltar lastre, como las demás empresas del grupo editorial, porque ahora se vende menos, la publicidad cae en picado y ese tipo de cosas.  El lastre éramos precisamente nosotros, no otros. Llegados a este punto no puedo evitar hacerme la pregunta: ¿por qué el grupo no prescindió, pongamos por caso, de los directores de sus periódicos? ¿Si las ventas están bajando, no deberían ser ellos los primeros en pagar el pato?

Ya me han devuelto el coche y estoy en la carretera, rumbo a Granada. Empiezo a reunir las piezas: tengo menos ingresos pero los mismos gastos, estoy en un periodo de espera indefinida para que se resuelva una situación a todas luces injustas, me da por saco (por no decir otra cosa) saber que soy más válido profesionalmente que otros que siguen currando y, lo que es más frustrante aún, no encuentro la manera de ganarme la vida, que es lo que he venido haciendo, mal que bien, desde que tenía 24 años.  Todo esto desgasta mucho, ya lo he dicho alguna vez. La espera mata, deprime, abruma y, sobre todo, cabrea.

Siendo consciente de todo eso, no me extraña lo más mínimo que amigos míos se declaren abiertamente terroristas sociales. A veces, a cualquiera de los que estamos en esta situación se nos pasa por la cabeza salir un día a la calle con un buen lanzallamas y liarla parda. No lo hacemos, claro, no estaría bonito. Será mejor, por la cuenta que me trae, exorcizar demonios a base de artículos como éste. Eso, o pensar que si hubiera aparcado en la otra acera, la grúa no se habría llevado el coche.

*Imagen sacada del blog Tigremata

Comentarios en este artículo

  1. […] Que la grúa se lleve tu coche cuando ni siquiera sabes que has aparcado mal es algo que estropea el día a cualquiera. El problema llega cuando también te destroza el mes, y sobre todo, cuando por justicia una situación así no debería provocar tanto desaliento. Guillermo Ortega reflexiona sobre estos asuntos en su último artículo en Horas Contadas, ‘Lo…. […]

    Granada despierta con menos paro y un testimonio de bebés robados | Granada despierta
  2. Un día la grúa, otro la lavadora, otro el recibo “ninja” -que llega siempre de sorpresa porque tienes una memoria de pez-, otro el empaste que se te cae… Y así vamos, amigo. Aguantando el desgaste de días y palabras.

    Encarni
  3. Siempre certera.

    Guillermo Ortega
  4. Vaya. Yo pensé que también habían eliminado, con los recortes, el servicio de grúa. Pero lo he debido confundir con la teleasistencia.

    Jorge Muñoz
  5. Apúntate una, Jorge.

    Guillermo Ortega

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