19
junio

Lógica empresarial y desfachatez

Hay razonamientos de empresarios que puedo comprender (aunque eso no quiere decir que los comparta, ni mucho menos) y otros que me parecen tan nauseabundos que prefiero pensar una de estas dos cosas: que quien los ha formulado se ha expresado mal o que yo, en mis cortas entendederas, no he pillado el meollo de la cosa. Porque si no es ni lo uno ni lo otro, concluyo que compartir existencia con ese tipo de reptiles es deprimente.

Explotación laboral

Por ejemplo, entra en la lógica empresarial querer ganar más dinero, sacarle más partido a una inversión, acumular ganancias. De ahí que pueda entender (pero insisto, no compartir) que alguien quiera que los empleados trabajen más y cobren menos. Otra cosa es que uno de los que expresara en voz alta ese deseo no sea precisamente un modelo de conducta.

Ahora bien: ¿entra también en la lógica empresarial decir que no está bonito que un empleado falte cuatro días a su puesto de trabajo porque se le ha muerto un familiar en otra ciudad? Pues ha habido un fulano, dirigente de la CEOE para más señas, que lo ha soltado. Y puestos a ser poco elegante, ha recurrido incluso a la ironía afirmando que ahora hay medios de transporte muy rápidos y que la legislación que permite eso pareciera que se hizo en tiempos de la diligencia.

Agrega ese hombre (sostengo desde hace tiempo que el título de señor hay que ganárselo) que también hay trabajadores que se ausentan varios días porque un familiar está hospitalizado pero no ha necesitado operarse, y para justificarse pone el pretexto más recurrente de los últimos años: Europa. En Europa, resalta, esas cosas no son así. En Europa, que es el espejo donde todos debemos mirarnos porque allí son más altos, más guapos y más hábiles en la cama, todas esas tonterías ya están superadas.

Tenemos la extraña manía de trabajar para vivir. Idiotas como somos

Él habla de Europa pero probablemente tiene en mente otro modelo: Nueva York. ¡Oh, lugar envidiable! Un sitio donde hay absoluta libertad de horarios (de ahí, posiblemente, lo de “la ciudad que nunca duerme”), donde el despido libre es la norma y donde casi nadie puede aspirar ni remotamente a vivir en el centro de Manhattan porque eso haría trizas su presupuesto. Vemos Nueva York en las postales (o en vivo y en directo, como me pasó a mí) y nos fascina. Pero nosotros, afortunados turistas, no sabemos, o  sí pero lo pasamos por alto, que el ciudadano medio se pasa dieciséis de las veinticuatro horas del día trabajando, lo cual incluye, lógicamente, las dos o tres que tiene que invertir en desplazamientos. Eso, con suerte, cinco días a la semana; aunque si tiene que pencar sábados y domingos, también lo hace. Más le vale.

En definitiva, que allí viven para trabajar. Y nosotros, que somos menos altos, menos guapos y menos hábiles en la cama, tenemos la extraña manía de trabajar para vivir. Idiotas como somos, nos gusta acudir al entierro de  nuestro querido tío Periquín y, en vez de marcharnos deprisa y corriendo en cuanto el sepulturero da la última paletada, quedarnos a consolar a su viuda, nuestra tía Frasca, que está mayor y sola. En nuestra inopia no comprendemos que es absurdo acompañar a nuestro hermano Serafín, que acaba de expulsar unas piedras que parecían meteoritos. No asumimos que ya es mayorcito y sabrá cuidarse solo. Somos unos sensiblones, unos débiles.  Si no hay más que vernos, que a las primeras de cambio nos pedimos una baja por ansiedad o por depresión. Y en el colmo de la desfachatez, pretendemos que aun así se nos siga pagando nuestro sueldo.

Pensaba que esas pequeñas compensaciones eran cosas lógicas que, aun así, costaron lo suyo; que las habíamos arrancado a base de muchos años de esfuerzo, como se arrancó en su día el descanso dominical, la pensión de jubilación o el mes de vacaciones. Todo esto se va al traste, olvidémonos de lo conseguido. Porque nada de eso es competitivo y ahora estamos obligados a competir. Es así, lo tomas o lo dejas, dirán ellos, los reptiles. Y nosotros terminaremos respondiendo: “Sí, bwana”. Y si no, al tiempo.

 

Comentarios en este artículo

  1. Añadió además el tipo que claro, la cosa venía del franquismo, cuando el sistema era “sobreprotector” con los trabajadores. Que somos unos desahogados y estamos mejor que queremos, vaya.

    Encarni
  2. […] Ortega nos habla en su nueva entrega de Horas Contadas de lógica empresarial y desfachatez. “¿Entra también en la lógica empresarial decir que no está bonito que un empleado falte […]

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  3. Corolario: defender a los trabajadores es de franquistas.

    Guillermo Ortega

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