25
junio

Noche de San Guillermo

El Cobre

De pequeño celebrábamos la noche de San Juan entre los días 24 y 25 de junio. Así podíamos felicitar a los juanes de la familia, que eran unos cuantos, y también a los guillermos, mi padre y yo. A una de esas fiestas corresponde la imagen que ilustra este artículo. Ahí están mi madre, mis hermanas, algunos primos y tíos… Personas a las que quise siempre y a las que querré siempre, aunque ya no estén. 

De joven, San Guillermo era sinónimo de buenas noticias económicas. Probablemente a causa de mi madre, que era muy católica, en casa se tenía en más consideración el santo que el cumpleaños. Como además el 25 de junio casi siempre coincidía con la Feria de Algeciras, siempre rogaba que me regalaran dinero, y así me hacía con una pequeña fortuna que invertía en los cacharritos, aunque también es verdad que más adelante empecé a adquirir la costumbre de quedarme un par de días en casa y gastar en discos ese dinero. Mi vicio comenzó pronto.

En Madrid, cuando estudiaba Periodismo, mi santo solía caer en plenos exámenes, así que lo asocio con hincar los codos pero también con esos homenajes que procuraba darme una vez terminaba el curso. Era, además, la antesala del verano, del regreso al mar que tanto añoraba en Madrid, del reencuentro con los amigos de toda la vida.

Ahora no hay nadie que me regale dinero, tampoco me gusta la feria, hace tiempo que no me examino de nada y, descreído como soy, he despojado ese día de toda connotación religiosa. Hoy por hoy, mi santo es, si acaso, una excusa para tomar algo por la noche, un pretexto para airear esta foto añeja que tan buenos recuerdos me trae.

 Hoy por hoy, mi santo es, si acaso, una excusa para tomar algo por la noche

Escribe Houellebecq que acumulamos recuerdos para sentirnos menos solos en el momento de la muerte. A los viejos sólo les quedan los recuerdos, y probablemente por eso ya no quieren vivir más. Lo cual no quiere decir que quieran morirse; no es exactamente lo mismo. 

De la vida se les ha ido todo lo que tenía de bonito, todo lo que les alimentaba. Ya no están sus padres, probablemente también les faltan sus parejas y sus hermanos y se han muerto también casi todos sus amigos, y los que  siguen vivos están lejos o enfermos, o las dos cosas. Les quedan los hijos, es verdad, pero eso es el presente, y el presente no alimenta. Por razones obvias: aunque ser padre es lo más bonito que hay, los hijos no han compartido toda tu vida. A esas alturas te dan una sensación de felicidad tan falsa como pasajera. Los viejos, lo que desean en realidad, es tener al lado a la gente que creció con ellos. Mejor aún, a la gente que les vio crecer. Los viejos viven de recuerdos, de la añoranza de la juventud, que es sin duda el periodo más importante de la vida porque es ahí cuando te haces persona. Por eso quieres volver allí una y otra vez, aunque sea mirando una foto ajada. Y los viejos viven también, aunque suene feo, de la muerte de otros viejos. En todo caso, cuando te quedas solo, ¿qué te queda sino morirte? Nada, salvo asumirlo con dignidad.

Que es una tarea siempre difícil, incluso si mucho antes has asumido la vejez y, antes aún, la madurez. Qué tramo ése, la madurez. Estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, sentirse en plenitud de condiciones y, pese a todo, interiorizar que cada día que pasa es uno menos que te queda, que el declive físico y mental es inevitable.

Ahí, en la  madurez, ya hace tiempo que has recibido lo que dan en llamar La Información. O, lo que es lo mismo, la conciencia plena de que aquí no te vas a quedar para siempre, que es algo en lo que nunca has pensado  mientras eras joven. Por entonces uno está convencido de que la muerte es esa cosa que les llega a los demás, se cree invulnerable; después maldice para sus adentros el no serlo.

Ahí, en la madurez, ya hace tiempo que has recibido lo que dan en llamar La Información

No sé si quiero morirme de viejo, lleno de achaques y con el espíritu destrozado. Lo que no haré será cometer ese error tan común de proclamar a los cuatro vientos que, para estar mermado de facultades, mejor no estar. Sé de gente que pidió a sus hijos y hasta a sus nietos que, si lo veían en esas circunstancias, hicieran lo que estuviera en su mano para acelerar el proceso, aunque fuera pegarles un tiro entre ceja y ceja. Esa misma gente cambia de opinión cuando está postrada en una silla de ruedas y cargando con una bolsa con sus heces. Entonces le dicen al hijo, o al nieto, que no hagan nada, que les dejen estar vivos un día más, que están viendo la muerte muy de cerca y no les gusta. Porque todos sienten el vacío, todos temen la nada. Hasta los más beatos tienen en su senectud dudas de que todo eso de que después hay un paraíso y una vida eterna no sea sino una patraña. Y se aferran, ateos y religiosos, a una vida miserable, a sabiendas de que lo es. Por eso decía que no es lo mismo no tener ganas de vivir que ansiar morirse.

Al menos mi vida, por ahora, no es miserable. Estoy vivo y me gusta estarlo. Está bien saberlo, la autoestima hay que tenerla alta.

Vivir el presente, ésa es la clave. Perdonen que me cite, pero esto lo escribí hace tiempo y creo que sigue vigente. Serían, por así decirlo, mis objetivos: “No conceder ni un minuto de mi tiempo a los mezquinos, mantener esa cosa que no sé muy bien para qué sirve y que llaman dignidad, procurar no perder el sentido del humor hasta dos minutos después de haberla palmado y vivir, sobre todo vivir, que tampoco sé muy bien qué significa pero que intuyo que es algo parecido a saborear eso que Francesco Piccolo ha dado en bautizar como “momentos de inadvertida felicidad”. El reloj hace tic-tac, así que por fuerza cada vez quedan menos. Desaprovecharlos sería de idiotas”

Igual alguien quiere saberlo: en la foto yo soy el segundo por la izquierda en la fila de abajo. Tendría nueve o diez años. Sabía menos cosas que ahora, qué envidia.

Comentarios en este artículo

  1. No es por hacerme la lista pero te he encontrado a la primera, nada más abrir la foto. Con esa cara de “¡Déjame que me coloque pa’ la foto, maldición!” eres inconfundible.

    Lo de después… En fin, qué de puta madre se te da esto de juntar letras.

    Un beso.

    Encarni
  2. Gracias, amiga. Conste que a ti se te da mejor.

    Guillermo Ortega
  3. Por muy descreídos que seamos, solo puedo decir: amén. Y gracias!

    Juanjo
  4. Bueno hermano,antes no te gustaba para nada hablar de la muerte,mientras ahora lo haces y lo haces bien,con sentimiento y,por supuesto,escribiendo meravigliosamente…un abrazo Andrea

    andrea
  5. Debe ser la edad, Andrea. O que me sirve de terapia. Un abrazo fuerte, hermano fiorentino.

    Guillermo Ortega
  6. Gracias a ti, compadre.

    Guillermo Ortega
  7. […] Guillermo Ortega reflexiona en Horas contadas sobre la vejez, la vida y la muerte, tirando del hilo de su santo, que fue ayer y habla de sus “objetivos”: “No conceder ni un minuto de mi tiempo a los mezquinos, mantener esa cosa que no sé muy bien para qué sirve y que llaman dignidad, procurar no perder el sentido del humor hasta dos minutos después de haberla palmado y vivir, sobre todo vivir, que tampoco sé muy bien qué significa pero que intuyo que es algo parecido a saborear eso que Francesco Piccolo ha dado en bautizar como “momentos de inadvertida felicidad”. El reloj hace tic-tac, así que por fuerza cada vez quedan menos. Desaprovecharlos sería de idiotas”. […]

    Granada despierta dejándose fotografiar por Google | Granada despierta
  8. je, je, que raro se me hace ver tu careto de niño…
    Espero llegar a viejo y tener cuantos más recuerdos mejor y ojalá brindemos por ello con 90 años o más para poder decir sin temor a equivocarnos 2 amigos desde la cuna a la tumba!

    geniales reflexiones…

    jesus mescua
  9. Brindar a los 90 demostraría dos cosas: que seguimos siendo amigos y que aún nos dejan beber. Me apunto a ambas. Un abrazo.

    Guillermo Ortega

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