25
julio

Religión, regresión

burka

Viví en Ceuta tres años, cuando era adolescente. Allí se me hizo habitual ver a mujeres tapadas de la cabeza a los pies y con velo y ya por entonces me parecía algo indignante, aunque no más que las actitudes clasistas y hasta racistas de no pocos ceutíes hacia los que para ellos eran, en el mejor de los casos, “los moros”.

Los fines de semana solía ir con mis padres a Marruecos, y allí me di cuenta de que la mujer, en la práctica, se dedicaba a tener niños, criarlos, hacer la compra, cocinar y darle placer al hombre en la cama. Y encima, como la religión les permitía a ellos tener a más de una esposa, debían aguantar hasta que su marido se acostara con otra u otras en su misma casa.

Llevo un montón sin ir a Marruecos, pero me cuentan que eso que airea su gobierno de que se está avanzando en materia de libertades no es verdad, o por lo menos no es completo. Porque la mujer sigue estando marginada, sigue siendo poco más que un bulto.  Una turista que se pasee por el zoco de Tánger en minifalda se expone a ser objeto de no pocos comentarios groseros. Y si le da por tomar el sol en bikini, más le vale resignarse a tener a su alrededor a una manada de buitres que se la comerán con la vista.

 Las creencias, o la ausencia de creencias, son asunto de uno y sólo de uno

Esta discriminación se da en Marruecos y en sitios donde viven muchos marroquíes. Como mi Algeciras natal, sin ir más lejos. Allí no es difícil toparse con decenas de hombres ociosos que toman café en el bar con toda la parsimonia del mundo mientras sus mujeres están en el barco, camino de Ceuta o de vuelta a la península, portando dentro de su cuerpo una buena cantidad de hachís de cuyos beneficios, claro, no verá ni un euro. No hablo por hablar: una vez me pusieron en la mano un bolón de 800 gramos o así que pocos minutos antes había expulsado una mujer por el mismo sitio que salen los bebés. Eh, no estoy generalizando: sé de sobra que hay muchos, muchísimos, que se ganan la vida por derecho. Pero eso no quita para que estos casos existan.

También en Algeciras, hace unos días, iba de compras por la calle a una mujer tapada de la cabeza a los pies, hasta el punto de que llevaba guantes y medias para que ni siquiera los ojos pecaminosos pudieran ver ni sus manos ni sus pies. Su marido no la acompañaba, por supuesto, pero a buen seguro estaba de acuerdo con que protegiera su pudor de esa manera tan drástica. Me pregunto qué pensaría ella, igual lo daba por bueno porque entiende que es lo que le manda su religión. La misma religión que, según este individuo (ya saben que para mí el tratamiento de Señor no es automático, hay que ganárselo), la convertiría en una fornicadora si se condujera de forma más… liberal.

Y llegado a este punto, yo pararía a esa mujer y le plantearía dos cuestiones:

1- ¿Está usted segura de que algún pasaje del Corán le obligue a ir de esa manera?

2- De ser cierto eso, ¿no debería dejar de creer en un dios que la humilla y le despoja de su dignidad de esa manera?

El tour promocional [del Papa en Brasil] me recuerda mucho a las batallas entre grandes empresas

No lo hago, me limito a cabrearme y apartar la vista. Iba a decir que “cada vez tengo más claro”, pero no, es imposible porque hace mucho que lo tengo clarísimo del todo, que las creencias, o la ausencia de creencias, son asunto de uno y sólo de uno. Que a nadie debe importarle lo que yo opine sobre eso, ni a mí debe preocuparme en absoluto los juicios de los demás. Y en ese sentido, para que no me acusen de nada, añado que me fastidian tanto los capillitas que dan la vara con que hay que ir a la iglesia como los ateos que machacan con que esperar la vida eterna es de pringaos.

Lo que pasa con las religiones es que en su misma base (en sus estatutos, por así decirlo) subrayan que deben expandirse cuanto más mejor. “Creced y multiplicaos”, se dice, creo, en un pasaje de la Biblia. Ahora el Papa ha ido a Brasil porque, al parecer, hay encuestas que aseguran que el catolicismo está en horas bajas y que la Iglesia Evangélica le está ganando terreno. Y claro, eso es intolerable, así que hay que gastarse los dineros en un tour promocional.  No sé a ustedes, pero esto me recuerda mucho a las batallas entre grandes empresas.

Han pasado casi 30 años desde esas imágenes de Ceuta que recordaba en el primer párrafo. Por entonces, en España, ya habíamos superado aquello del destape. En otros países, ahora, se lleva cada vez más el burka. Y lo más sorprendente de todo es que muchos lo demandan. Igual estoy equivocado, pero para mí eso es ir marcha atrás.

Comentarios en este artículo

  1. Tienes más razón que un santo.

    Encarni
  2. Suena paradójico, pero gracias.

    Guillermo Ortega

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