19
septiembre

Vivir con miedo; trabajar con miedo

Miedo

La frase que se ve en la foto es francamente buena. Y me gustaría pensar que es aplicable a los periodistas en ejercicio, que alguno queda, pero me temo que no es así. Les han quitado mucho, mucho, mucho. Pero todavía les queda el miedo.

Si rebobino hasta el principio de la cinta, me topo con la siguiente escena: un joven (nada apuesto) que ni siquiera ha terminado la carrera pero ha empezado a trabajar en un periódico de Málaga. Le dicen que tiene que ir tres días seguidos a Coín, que estará a 25 kilómetros o así, y le pagan 7.000 pesetas por cada día en concepto de dieta. Estoy hablando del año 1991 y el muchacho en cuestión es el que ahora mismo está sentado ante este ordenador.

Si le doy al avance rápido (en los casetes de antaño, el nombre de esa tecla venía en inglés, fast forward, o en su diminutivo, algo así como ffwd, y como eso nos resultaba tan difícil de pronunciar alguien terminó por acuñar el estrambótico término ‘rebobinar palante) doy con una, o varias, bien distintas: fotógrafos que tienen que pagarse la gasolina cuando realizan un desplazamiento, racaneo sistemático y creciente a la hora de pagar el kilometraje, colaboraciones abonadas a precio irrisorio…

Como cantaron los sosainas de Presuntos Implicados: cómo hemos cambiado.

Estoy hablando de, pongamos todas las comillas del mundo, extras. Ni siquiera he mencionado los sueldos porque a estas alturas todos sabemos ya que son irrisorios. En algunos casos, inexistentes. Sé de buena tinta, y de hecho creo que ya lo conté, que una empresa de ámbito nacional propuso a una becaria a la que se le acababa su ridículo contrato que siguiera trabajando, pero gratis. El único aliciente, que para la empresa era más que suficiente, era que seguiría ligada a tan importante cabecera.

Con el tiempo nos han quitado todo (perdonen que me incluya, es la costumbre), pero la mayoría de los que siguen en la brecha, insisto, siguen teniendo miedo. Continúa rigiendo ese pensamiento traducible en: “Es que si no lo hago yo, hay mil que lo harán”. Y como las empresas saben que eso es lo que impera, aprietan aún más las tuercas.

A estas alturas es casi impensable que un periodista se rebele y exija que se le paguen las horas extra o las intempestivas. De nada servirá que apele a su contrato o al convenio, así que lo mejor será que se calle y trague, no sea que empeore las cosas. Y si por lo que sea recurre al delegado sindical o al comité, que rece para que siga habiendo en ese puesto alguien combativo. No generalizo, líbrenme los dioses, pero en tiempos de despidos y expedientes de regulación de empleo como los que tenemos en lo alto, no pocos se han metido su espíritu reivindicativo por el culo a cambio de blindarse.

Están en su derecho, porque saben que muchos de los que trabajaron con ellos ahora están fuera, y que fuera hace frío

Los que están dentro tienen miedo y muy probablemente están en su derecho, porque saben que muchos de los que trabajaron con ellos ahora están fuera, y que fuera hace frío. Cuanto más tiempo pasa, más frío hace, lo puedo asegurar. Lo sabemos nosotros, lo saben ellos y lo saben también quienes tienen, cada vez más, la sartén por el mango.

Dadas las circunstancias, me temo que será inútil hacer un alegato contra el miedo, sostener la tesis de que es malo vivir con miedo, que no se puede, que eso no es vida. Me limitaré, y disculpen que me ponga de ejemplo, a recordar que yo me he peleado con todos y cada uno de los directores que he tenido. Alguno a lo mejor lee esto y tendrá que asentir con la cabeza porque sabe que es verdad. Porque creí que el amor propio, el respeto a tu persona y a tu trabajo y la dignidad son cosas que están por encima del miedo. Muy por encima.

Lo sigo creyendo, pero ahora estoy fuera.

Postdata autoinculpatoria: Que tampoco quiero quedar de guay, que mi comportamiento no siempre ha sido ejemplar ni digno. Una vez me puse a lloriquear en la redacción porque querían encalomarme una doble página sobre García Lorca. El caso es que me salí con la mía y no la hice. Truquitos de vieja.

Comentarios en este artículo

  1. Siempre me he subido por las paredes con el mantra del “ahí fuera hay cienes y cienes esperando que lo harán por menos”. Ahora, esto es directamente una merienda de negros.

    Cómo eres. Con lo preciosísimo que es Lorca.

    Encarni
    • Ojo, que no se me malinterprete: periodísticamente hablando, Lorca se me atravesó hace muchísimo tiempo. Saturación, creo que le llaman a eso.

      Guillermo Ortega

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