10
octubre

Amor a primera vista

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La dedicatoria ponía: “Para Mermo, para que siga haciendo deporte a los cuarenta y muchos años. Un beso: papá”. Estaba al dorso de una fotografía en la que se veía a mi padre vestido de portero en un partido de fútbol benéfico. Tenía 47, los mismos que ahora tengo yo. Confieso que durante bastante tiempo no practiqué deporte, pero ahora me he reenganchado. El lunes hice hora y media de bici por la mañana y fui a boxear una hora por la tarde. Reventao terminé. Mermo, por cierto, era el nombre familiar que él utilizaba para mí. No me gustaba nada, pero ahora lo pienso y me habría encantado que lo hubiera seguido usando muchos años más.

Los padres siempre nos sentimos orgullosos de nuestros hijos. Quiero pensar que los hijos también se sienten siempre orgullosos de nosotros. En mi caso, y supongo que en el de todos, fue ver nacer (literalmente) a mi hija y saber a ciencia cierta que eso era amor a primera vista y para siempre. No importa lo que haga, no importa lo que diga, no importa incluso que me haga sufrir. Es algo incondicional.

Reflexiono sobre esto ahora que se acaba de ir a su tierra Pep, que fue mi compañero de piso en Madrid durante dos años y que, pese a que en aquellos momentos habría sido difícil de creer si nos lo hubieran dicho, terminó sentando la cabeza, tiene una mujer encantadora y una hija de catorce meses que es para comérsela. Ojo, tampoco muchos habrían apostado por mí como padre amantísimo en esos tiempos salvajes.

Veo a Vera, que así se llama la criaturita, y no puedo evitar acordarme de cuando María era así de chica porque la añoranza es lo que tiene, que se presenta sin que la llames. Pero no concluyo que fuera un tiempo mejor; si acaso porque yo soy más mayor, pero no porque mi hija fuera más pequeña y me necesitara más que ahora.

Llamábamos a nuestros padres “mi viejo” y “mi vieja”, pero no era nada peyorativo, sólo para remarcar la distancia generacional

María tiene 15 años y, como todos los de su edad, un orden de prioridades bastante marcado. A poco que hagamos memoria, recordaremos cómo éramos entonces, cuánto nos gustaba estar con nuestros amigos y qué poco con nuestros padres. “Mi viejo” y “mi vieja”, los llamábamos, aunque eso no significaba nada peyorativo ni despectivo. Era sólo para remarcar la distancia generacional. A esas edades, dos años más o menos ya es un abismo, así que treinta o cuarenta…

Eso podría entristecerme. De hecho, cuando comento con gente que ahora mismo es realmente complicado que María duerma en casa si no se trae a una amiga, cosa que por lo demás comprendo porque en caso contrario es fácil que se aburra, me dicen, en plan consuelo, que después vuelven, que es sólo una fase y que más adelante recurren de nuevo al padre para algo más que para sacarle unos euros.

Lo sé, pero trato de sacarle jugo a todo, hasta a lo más insignificante. Simplemente contemplar su evolución ya es un espectáculo. Ahora puedo hablar con ella (cuando no tiene más remedio, en un trayecto en coche o cosas así, porque si no se escabulle) de asuntos más serios, y advertir que su crecimiento no es sólo físico, que también discurre, debate o bromea. Por cierto, que tiene un sentido de la ironía que no sé de quién lo habrá pillado…

No te puedes escandalizar porque mire un libro que se llama ‘Rock y drogas’ porque a su edad esa relación también de despertó curiosidad

Su crecimiento también te da pautas. Obviamente, ya no puedes comportarte con ella igual que cuando era una cría. Si estáis viendo una serie o una película y de pronto observas un lenguaje procaz o algo por el estilo, no tienes la tentación de cambiar de inmediato de canal, porque sería absurdo. Tú también tuviste 15 años y no te chupabas el dedo. Ni te puedes escandalizar o prohibirle que se ponga a mirar un libro que tienes en el salón y que se llama ‘Rock y drogas’, porque a su edad esa relación también te despertó curiosidad. Nota no tan al margen: tengo otro libro, de fotografías, que se titula ‘Sexo, drogas y Rock ‘n’ Roll’. No le ha echado un vistazo delante de mí, supongo que le dará corte, pero no me extrañaría nada que lo hubiera mirado a mis espaldas. Y está bien, es normal.

Nuestros vástagos, los que heredarán nuestro apellido (en su caso, poquito más se va a llevar la pobre) siempre te están dando lecciones, siempre aprendes de ellos. Ya no los puedes coger en brazos y comértelos a besos, como ahora hacen Pep y Eva con Vera, pero hay que resignarse. Si tienen dos dedos de frente, y estoy seguro de que en ese supuesto están casi todos, aunque algunos lo disimulen muy bien, estarán, a su vez, asimilando cosas nuestras, aprendiendo a su alocada manera. Luego, por lo general, llega un día en que unos y otros, padres e hijos, pueden hacer una especie de puesta en común. No lo pude hacer con mi padre, y muy poco con mi madre, así que ojalá pueda resarcirme.

Esto es todo. Hay días en que no me apetece nada, pero nada, escribir sobre periodismo. Pero no se apuren, que no faltan buenas páginas y blogs: DosTextoCero, Trasmallo 2.0, El que apaga la luz… Casi na.

*Foto extraída del blog de Vladimir Gálvez

 

Comentarios en este artículo

  1. Sensacional, genial. Lleno de ternura y realismo. Magnífica combinación. No pares de escribir, eres un escritorazo

    José Manuel Serrano Valero
    • Me abrumas, me abrumas. Muchas gracias. Un abrazo.

      Guillermo Ortega
  2. Para que hablar de periodismo en estos casos. Es lo que ellos quieren que hagas.

    David
    • Ellos son los malos, ¿no?

      Guillermo Ortega
  3. Como ya sabes, yo estoy en lo mismo. Afirmo todo lo que dices, y el post… genial. Cuando te da por mirarte por dentro eres único, mamón…

    jesus mescua
  4. No te creas, también tengo tripas y cosas negras. Un abrazo y gracias, amigo.

    Guillermo Ortega
  5. Mermo, Mermo, que me pongo tierno…

    johnny mentero
  6. Si es que tienes una sensibilidad que no te cabe en el culo…

    Guillermo Ortega
  7. Disculpa si he herido la tuya, nada más lejos de mi intención

    johnny mentero
    • En absoluto, en absoluto. Sólo tiraba de un poco de sarcasmo marca de la casa (y de la familia).

      Guillermo Ortega

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