17
octubre

Esto es un oficio

New-York-Post

Antes, cuando sólo existía la televisión pública, los presentadores del Telediario no llevaban un pinganillo en la oreja, pero sí tenían en la mesa un teléfono que sólo sonaba para que les informaran de una noticia de alcance. Cuenta una leyenda que un estudiante de Periodismo se hizo con el número para que, si algún día daba con algo realmente gordo, los españoles pudieran enterarse cuanto antes.

No llegué a saber si esa leyenda era cierta o no, pero a lo mejor el tipo al que se le atribuye lo puede revelar algún día. Se llama Salvador Ruiz y es de esas personas que nacieron para ser periodistas, que viven por y para su profesión. Que se desviven, más bien. Informar, contar lo que pasa, es su oficio. No creo que se haya planteado nunca hacer otra cosa.

Son muchos los que han contribuido a situar el periodismo en niveles ínfimos, pero también lo ejercen muchas personas muy válidas

Por fortuna, he conocido a muchas otras personas que, al igual que Salvador, dignifican esta profesión. Lo malo es que son cosas que sabemos de puertas para adentro. Por ahí, en algún pueblo perdido de, digamos, Palencia, preguntan al Hombre de la Calle qué le parecen los periodistas y dirá que son unos chismosos que se ganan la vida rebuscando en la basura de los demás. Lo dice con base, porque son muchos los que han contribuido a situar el periodismo en niveles ínfimos. Pero eso no quita para que ese oficio (insisto, eso es lo que es) lo ejerzan personas muy válidas. Yo he conocido a bastantes.

A Tony Mejías, que sabía salir airoso hasta de las circunstancias más comprometidas. Recuerdo que viajamos a cubrir un partido de fútbol a no sé qué pueblo de Huelva. No eran tiempos de internet y el hombre iba con un cargamento de líquidos para revelar que vertía en la bañera de la habitación del hotel, convertida para la ocasión en laboratorio. Después tenía que enviarlas por un sistema que me parece que se llamaba telefoto y que exigía una línea de teléfono. La del hotel daba problemas y la hora de cierre se nos venía encima. Yo ya había mandado la crónica y él no podía avanzar. En un momento dado, desmontó el tinglado, cogió el material que juzgó necesario y, antes de ganar la calle, anunció: “Voy a buscarme la vida, tú vete a cenar”. Y lo hice con tranquilidad, porque estaba convencido de que tendría éxito. Lo tuvo, naturalmente.

A Tony, además, casi nunca había que decirle quiénes eran los tipos que daban la rueda de prensa ni sus cargos, él sabía de antemano cuál era la foto que podía ser noticiosa, algo que ya antes me había demostrado Carlos J. Criado y que después me reafirmó Paco Guerrero. Ya que estamos hablando de todo: los fotógrafos a los que tienes que darle todo masticadito tienden a ponerme de los nervios.

A mis años, me siguen admirando casos como el de Luis Ruiz, un ejemplo constante de superación. A lo mejor no se llevará el premio a la excelencia, pero si se quiere enterar de lo que ha pasado, lo conseguirá. Porque tiene lo que hay que tener, que es el empeño por hacer bien su trabajo.

Hay gente que no se llevará el premio a la excelencia, pero tiene lo que debe tener: el empeño por hacer bien su trabajo

En su puesto, Julián Nieto era un poco como el páncreas en el cuerpo, o si prefieren la metáfora deportiva, como Busquets en la Selección. Quítenlo y verán qué pasa.  Julián estaba en edición, donde maquetaba, montaba páginas, cortaba, copiaba, pegaba, daba brillo y esplendor. Apenas firmaba, pero su trabajo era fundamental. Gracias a gente como él empecé a ver el periódico como un todo, y no como el sitio en el que estaban mis artículos. De forma que cuando había un error ajeno lo sentía como propio. Eso no es ni bueno ni malo: es así.

Oye, que con esto te pones y no paras. Se me vienen a la cabeza tremendos profesionales con los que he compartido espacio. Pienso en la combatividad y el carácter crítico de Ana Beauchy, tan acerada con quien chocaba con ella como comprometida con su trabajo y leal con su gente. En esa capacidad que tenía Javier Navas para preguntar y preguntar y preguntar hasta que conseguía sacarle al entrevistado lo que realmente quería oír.  En la brillantez de Cristina García, en la minuciosidad de Antonio Cepedello, en la inteligencia de David Cervera, en la erudición de Fede Vaz, en el estilazo de Susana Escudero, en la clase de Guadalupe Sánchez Maldonado

O en la pulcritud de Sonia Sánchez, a la que no veías una errata por más que miraras el texto una y mil veces, o en la versatilidad y la rapidez de Susana Vallejo, o en la capacidad de Diego Ballesteros, que en una misma tarde diseña, maqueta, edita, firma y, si se tercia, hasta hace las fotos. Y todo eso mientras escucha con un solo auricular rap en español, actividad esta última que, como sabemos, está contraindicada por los médicos.

Añado la pluma exquisita de Anselmo Caballero, la fiabilidad de Miguel Rodríguez, la facilidad para hacer grupo de José Manuel Serrano o Yolanda Olivares, la sensatez teñida de locura de Manuela de la Corte, el arte de sacar cuatro columnas de debajo de las piedras que se gastaba Miguel Carlos Torres Edwars (otra cosa es que sus textos, muchas veces, parecieran luego jeroglíficos) y, para que no me acusen de nombrar sólo a los amigos, extiendo mi admiración profesional a Jorge Bezares, con quien no tuve demasiada sintonía personal (ninguna, al final) pero del que admito que lleva la tinta en las venas.

Y si hablamos de jefes, no puedo omitir a Juan Ignacio Pérez y al comandante Santi Sevilla, que compartían la bonita costumbre de alabar los aciertos de los redactores en público y reprocharles sus errores en privado.

Se me quedan muchos en el tintero, lo sé. Bien que lo lamento y más que lo lamentaré después, porque los hay que tienen una pelusilla que no veas y fijo que me van a dar la brasa, pero esto ya está lleno hasta los mismos bordes de nombres en negrita y tampoco es plan. Quien se sienta agraviado, no obstante, que ponga en un comentario los motivos por los que debería haber sido incluido e igual hago una adición. Y ahora es cuando debería poner el emoticono irónico, ¿verdad?

De todos (de los nombrados y de los omitidos) aprendí que esto es un oficio. Bastantes (de los nombrados y de los omitidos) están ahora en paro, o parcheando como buenamente pueden. Conscientes, me temo, de que no habrá una nueva época dorada.

Me preguntó si había trabajado antes en otro medio. “¿Por qué?, repliqué. “Porque tienes oficio”

Como conscientes serán, supongo, los que empiezan. Gente prometedora como Lourdes Mingorance, a la que espero que ya le hayan dicho, o le digan dentro de poco, lo que me dijo mi primer redactor jefe, Tomás Mayoral, que al leer uno de mis primeros artículos me preguntó si había trabajado antes en otro medio. “No, ¿por qué?”, repliqué. “Porque tienes oficio”, afirmó.

Y dicho todo esto, añado: de entre todos los periodistas que he conocido, la mejor, y esto va absolutamente en serio, es la que vive conmigo, aunque ella no quiere que se sepa. Que es la mejor, no que vive conmigo, se entiende.

*Fotografía del New York Post

 

 

Comentarios en este artículo

  1. La foto no es del Post. Es del Times

    Bug
    • De ser así, perdón por el fallo. No tuve oportunidad de ver la redacción del NYT, pero me faltó poco: estuve en el hall.

      Guillermo Ortega
  2. Bonito homenaje. Aunque algo triste porque me da la sensación de que habla de tiempos que ya no volverán.

    Encarni
    • Sí, lo digo en uno de los últimos párrafos.

      Guillermo Ortega
  3. Pues sí, una chica de oro, y no por la edad sino por lo que vale. Cuídela usted como un tesoro. Dios los cría…

    Kpicúa
  4. Haré lo que pueda. Un beso.

    Guillermo Ortega
  5. Amén…

    Jaravita

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