24
octubre

Va por ellos

“Ni el mar ni la tierra son fieles a sus hijos: una verdad, una fe, una generación de hombres desaparece, y es olvidada, y a nadie le importa. Salvo, tal vez, a los pocos que creyeron en la verdad, profesaron la fe o amaron a esos hombres”.

jose luis tobalina, periodistaLa frase, de Joseph Conrad, me viene al pelo para arrancar una entrada dedicada a la memoria de tres compañeros a los que omití premeditadamente en la que edité la semana pasada. No creo en el más allá; si acaso, en el más pallá que pacá. Pero en todo caso, va por ellos.

De José Luis Tobalina ya escribí cuando murió. No me lo pidió nadie, creí que debía hacerlo, quizá fue petulancia por mi parte pensar que tenía algo que decir en ese momento. A lo mejor no debería añadir nada más, pero han sido muchas, muchísimas, las veces que me he acordado de él en los casi cinco años que han pasado. Se me quedó marcada una frase que escribió en uno de sus poemas: “A veces la vida te agarra por las solapas”, decía, y aparte de ser la pura verdad, está expresada con una sencillez y una rotundidad que tiran de espaldas. En cinco años, la vida puede llegar a agarrarte por las solapas un montón de veces.

Envidiaba y envidio esa compostura, viviendo como vivo a un paso de la ansiedad

Era un tipo tranquilo, parsimonioso, casi diría que inalterable. Le llamabas a las once de la noche al periódico, o te plantabas allí como me pasó a mí de regreso de un reportaje con la Policía Local en el que, cosas de la vida, presencié en directo la detención de un supuesto acosador, le soltabas la película y, sin inmutarse, contestaba: “Bueno, pues habrá que contarlo, ¿no?”. Y deshacía el periódico, a esas alturas ya montado y listo para entregarse. Envidiaba y envidio esa compostura, viviendo como vivo a un paso de la ansiedad y saliendo siempre a la calle con un alprazolam en el bolsillo, por lo que pueda pasar.

Y no envidio, pero sí admiro, el buen cartel que tenía entre las mujeres. No pocas decían de él que era un tipo muy atractivo, un seductor nato. Era educado, galante y culto, y miraba a los ojos mientras escuchaba. Cuando hablaba exhibía una voz varonil, no engolada, un punto tímida porque en el fondo era un hombre retraído; es difícil saber cuán grande era su vida interior, pero creo que muchísimo. Por eso se refugiaba en la poesía.

Aun así, cuando reía lo hacía con franqueza, a veces de forma explosiva. Le gustaba mucho explorar todos los rincones de la vida y me alegro de que en la medida de sus posibilidades lo hiciera. Es una jodienda, objetivamente hablando, que las personas se mueran cuando tienen 48 años. Es de lo más triste, siendo egoístas, quedarnos sin todo lo que nos pudo dar.

Durante el tiempo que viví en Málaga, Paula Rodríguez Rus fue mi amiga. Lo que quiero decir es que tenía otras amigas allí (Gigi, Dolo, Amelia…) pero Paula era, pongámonos cursis, la depositaria de mis confidencias, mi íntima. La nuestra era una amistad sin dobleces y sin dobles sentidos, que nunca aspiró a nada más que eso.

Bajo su presunta aspereza se escondía un corazón de oro. A pocos he conocido tan decididos a dar la cara por su gente, palabra que aquí no sólo incluye a su círculo de amistades o a su familia, sino a su tribu, a sus compañeros. Si alguien intentaba traicionarlos, lo llevaba claro.

Fue lo que le pasó a un fenómeno de la comunicación que nunca ha hecho una columna de breves, un adalid de la cultura que en su juventud leía a Corín Tellado. Resulta que por desgracia un compañero, Álvaro Rodríguez, contrajo una meningitis y falleció. Una verdadera lástima, el hombre andaría por los 25 años o así. Aunque nunca le tuve gran estima, me apenó muchísimo que su vida se viera truncada tan pronto. Siquiera de carambola, vayan también estas líneas por él.

Si alguien intentaba traicionar a su gente, lo llevaba claro

El caso es que cuando Álvaro murió, unos médicos decidieron que los que habíamos estado en contacto con él tomáramos unas pastillas que podrían frenar un eventual contagio. Eran difíciles de conseguir y de hecho sólo se vendían en una farmacia, que estaba en la otra punta de Málaga. No sé si es que tenía que pasar por allí o qué, pero Paula fue la persona designada para recogerlas y distribuirlas entre los compañeros.

Con algún pretexto, el fenómeno de la comunicación se montó en el coche de Paula, a quien conocía poco y de la que no era amiga en absoluto, y allá que fue con ella a por las pastillas. Una vez en la puerta de la farmacia, le propuso el siguiente trato: quedárselas él para distribuirlas entre sus amigos (en ese mes hubo varios casos de meningitis en Málaga, había miedo) y decir en el periódico que las pastillas no habían llegado. A cambio, se supone, iba a proponerle alguna compensación económica o una parte del botín químico.

Digo “iba a proponerle” porque no llegó a terminar la frase. Paula levantó la ceja izquierda (¿o era la derecha?) como solía hacer cuando se cabreaba de verdad, o incluso más, y exigió al sujeto que se bajara del coche de inmediato y que no le volviera a mirar a la cara. Ante tamaña fuerza de la naturaleza, el tipo miserable no pudo más que obedecer, y mientras se iba con el rabo entre las piernas recibió una lluvia de insultos de esos que no se pueden reproducir ni siquiera delante de mayores de edad.

Eran tiempos duros, en el periódico pagaban tarde, mal y nunca, pero no hay mal que por bien no venga y eso sirvió para que Paula, Julián y yo forjáramos una camaradería inquebrantable. Con la excusa de poner verdes a los responsables de nuestra penuria económica, raro era el día que no acabábamos en el Tenax, mítico bar de El Palo que regentaba otro tipo formidable, Andrea, mi fratello italiano. Allí, envuelta en el humo de sus cigarrillos y agitando el hielo de sus whiskys, Paula se quitaba la máscara de ogro y era la persona más entrañable del mundo.

Esta magnífica fotógrafa no tuvo suerte, ni en el trabajo ni en la vida. El periódico donde la conocí terminó por cerrar y regresó a su Jaén natal. Allí parcheó como buenamente pudo pero recibió una primera visita del cáncer, y luego otra, y después una más. La tercera le venció cuando tenía 50 años. Pidió expresamente que, después de enterrar sus cenizas junto a las de su perra, Chispa, sus familiares y amigos se fueran de parranda. Genio y figura.

De Rafa Viso alguien dijo que era un nuevo Bukowski. Puede que se le pareciera en su gusto por la bohemia, en su perenne inconformismo, en su manera a veces anárquica de comportarse, en su tendencia al hedonismo. Pero cuentan que Bukowski era un tipo desastrado que iba por ahí de cualquier manera, y eso no casaba en absoluto con Viso, siempre tan atildado, tan preocupado por vestir bien y oler mejor. Eso le emparentaría más con un dandy; con, un poner, Tom Wolfe.

Periodista heterodoxo, cuando más disfrutaba (y se notaba a la legua) era cuando hacía artículos de opinión. Algunos fueron realmente gloriosos, como el que dedicó a su hija Sara cuando cumplió veinte años. Recuerdo que ese día le dije que ojalá pudiera yo hacer algo la mitad de bonito cuando María llegara a esa edad. Me quedan cuatro años y medio para intentarlo, pero será complicado.

Es probable que alguna vez tuviera que decir “sí señor”, pero seguro que lo hizo a regañadientes

Como cantaron Los Enemigos, era de los que no sabían decir no y sí decir más, de los que se bebía la vida a cucharás. Es probable que alguna vez tuviera que pasar por el aro y decir “sí señor”, pero seguro que lo hizo a regañadientes. Y se enfadaría mucho por ello, pero al cabo de veinte minutos estaría de nuevo soltando alguna chorrada, porque no concebía la vida sin sentido del humor.

Lo conservaba aún la última vez que lo vi. Tenía la muerte en la cara pero bromeaba sobre esto y lo otro, se reía a carcajadas cuando le recordé lo mal que me lo hizo pasar una vez que hicimos juntos un suplemento de la feria de Algeciras y él, que ahí disfrutaba a tope, llegó a las tantas para hacer las dos páginas que debía entregar. Tenía ya muchos dolores, lo suyo fue también el puto cáncer, como Tobala, como Paula. Como ellos, los combatía con hachís, que hasta los médicos admiten que viene bien para eso. Pero ya no era capaz ni de liar. Aunque llevaba muchos años sin manejar papel de fumar, me esmeré todo lo que pude para dejarle una provisión para la noche. Antes de irme me preguntó por mi hija, siempre lo hacía. Él, que poco antes había sido abuelo (precoz: tenía poco más de 50 años), se bebía mis palabras, probablemente imaginando lo que se iba a perder.

Cuando murió, pensé en escribir unas líneas sobre él en el periódico donde fuimos compañeros. No lo hice al ver que a la noticia de su fallecimiento le daban media columna. Me pareció fatal, no sólo por tratarse de un colaborador habitual de la casa sino porque se había ido uno de los nuestros. Y en esos casos deberíamos olvidarnos siempre de eso de que el periodista no debe constituirse en noticia.

Dicen que no llegamos a morirnos del todo mientras que haya gente que nos conserve en su memoria. Tengo para mí que eso es tan dudoso como lo del más allá, pero de alguna manera reconforta. José Luis, Paula y Rafa tienen gente que se acuerda de ellos, y para bien. Eso, el dejar huella, debe ser nuestra máxima aspiración. Así que prueba superada, muchachos: lo habéis conseguido.

 

 

 

Comentarios en este artículo

  1. Grande.

    Encarni
  2. No te creas: 1,71. Gracias.

    Guillermo Ortega
  3. Excelente manera de desmentir eso que dicen de que lo bueno, si es breve, duplica su bondad. Un abrazo.

    Ildefonso Sena
  4. Magistral, no hay palabras. Inconmensurable

    José Manuel Serrano Valero
  5. Muchas gracias, Ildefonso. Muchas gracias, José Manuel. Un abrazo fuerte para los dos.

    Guillermo Ortega
  6. Gracias Guillermo por tus cariñosas palabras hacia mi hijo José Luis, Tete. Guardo con gran cariño y releo muchas veces el maravilloso artículo que escribiste a mi nieto, cuando su padre murió. “Carta a Alejandro”. Creo que en su momento te lo comenté, pero si así no fuera quiero darte las gracias por el entonces y por el ahora…En el “más pallá”, Tete, estará encantado de leerte. Un abrazo y, GRACIAS.

    Concepción Cuerda Rodriguez
  7. no me sale un comentario digno de tu prosa,pues me callo,aqui sentado,rodeado de recuerdos…..

    andrea
  8. Guillermo, aún no he podido agradecerte lo que escribiste hace casi cinco años. Por aquel entonces era un chiquillo. Es lo normal cuando uno acaba de cumplir 14 años… Ahora voy camino de 19. Gracias, muchísimas gracias por tus palabras entonces y por tus palabras ahora. Significa muchísimo oír hablar a alguien así de mi padre. Desde el día de su muerte todo lo que he hecho ha sido en su nombre. Y aquí me tienes, en Madrid, estudiando lo que me apasiona, periodismo, aunque la cosa esté bastante mal ahora… Me duele decir que no he conocido lo suficientemente a mi padre, pero es la verdad. Como he dicho antes, era un crío, se suponía que iba tener tiempo para hacerlo… Lo que has escrito de él, es lo que ahora soy yo, y no hay nada en este mundo de lo que pueda estar más orgulloso. Aunque lo más seguro es que cuando te vea en persona me cueste asociar tu nombre a tu rostro( lo siento mucho) porque no recuerdo la última vez que te vi, me has hecho sentir como si te conociera de toda la vida. Una y mil veces más, muchísimas gracias.

    Un abrazo

    Alejandro Tobalina
  9. No sé qué decir, estoy desbordado. Tanto en esta web como en Facebook me llueven mensajes aduladores que no creo merecer. Que si los pelos de punta, que si brillante, que si me he emocionado al leerlo… Sólo he escrito con el corazón, como suelo hacerlo, sobre gente a la que quise y quiero. El emocionado, el agradecido, soy yo. Sobre todo por los comentarios de la madre y el hijo de José Luis. Me quedo sin palabras, y mira que se supone que soy un juntaletras. Muchas gracias.

    Guillermo Ortega
  10. Muy bueno, si señor. Haciendo fuerte tu profesión (y digna, por supuesto). Sentido homenaje por los que la hicieron digna, por los que la dignifican ahora y como el caso de Alejandro la dignificarán. La memoria es lo que nos queda y afortunadamente tu la mantienes prodigiosamente. Son normales las palabras de agradecimiento de familiares y amigos, sin duda.

    Hala, siga usted juntando letras… forma poco descriptiva para señalar a un gran escritor.

    jesus mescua

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